Ahora me doy cuenta de todas las cosas que antes ignoraba, el vacío que me rodea desde que te marchaste se hace más y más grande. A menudo, cuando la soledad puede con mis días, contemplo fotos de Buenos Aires, con la viva impresión de que vos estás en alguna parte. Y así ha sido durante todo este tiempo, aunque ya no pudiéramos vernos ni oírnos.
Desde el día que dejaste de estar en mi vida no he dejado de leer, ni de imaginar lugares donde poder encontrarte, o donde hallar algún modo de comprender. Y a medida que la vida ha ido pasando sus páginas, me he dado cuenta de que la posibilidad de entender lo que pasó se alejaba de mí, como en aquellas pesadillas donde cada paso hacia delante te hace retroceder.
Todas las cosas.
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Saludo.,.
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hola me llamo...escribió él.
hola! yo soy...respondió ella
escritos con la naturalidad de quienes esperan encontrarse
aún sabiendo que
la otra persona estaba a miles de kilómetros de distancia
e ignorando que después serían años,
igual esa noche
el espacio y el tiempo se unieron inexplicablemente,
y casi fue
como si estuvieran de repente uno al lado de otro en
un cuarto de una casa que ellos solos conocían
acariciándose las mejillas.
Atrapados
.
.
Porque esa noche te vi
temblar
y cómo no podía abrigarte
me desnudé con vos,
y sin darnos
cuenta nos quedamos atrapados
en Junio y Diciembre,
en verano y en invierno,
las hojas caían en los otoños,
pero las primaveras
jamás existieron.
Ruben Mangiagli
211.
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Al terminar un cuento me siento siempre vacío y a la vez triste y contento como cuando hago el amor, una botella menos y algunas letras más.
Déjame.
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Déjame estar cerca desde lejos,
déjame que te quiera,
déjame no hacerte una
promesa,
Déjame que me deje querer y que
podamos hacer lo que cada
uno quiera
Déjame no ser si no hago,
déjame hacer aunque no sea.
Déjame ser suelo si te caes, y cielo si vuelas.
Déjame hacerlo mal para sentirme bien.
Déjame que sienta y siéntate que te tengo algo que decir;
te quiero,
para ahora, para nunca, para siempre,
Déjame, pero sobre todo; no me dejes.
210.
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Hay botellas de vino que saben a recuerdos del olvido. Mentiras tan dulces que las haría cuentos para no dormir.
Miedo
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Tengo miedo
así que toma lo quieras ,
tengo ese temor
de no poder decirte suficiente cuando te mire,
de no saber expresarme cuando te toque;
de que no entiendas mi lengua,
mi beso, mi idioma,
tengo miedo
de poder tenerte o no.
Ruben Mangiagi
Edad.
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Que ya no soy joven es un hecho indiscutible. Dentro de unos meses cumpliré cincuenta y siete años, y aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedo dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos como yo. Un ejemplo , hay diversas cosas que podrían no haberme pasado nunca pero que, en realidad, me han ocurrido. Si me encontrara una nueva muerte me iría en paz, he vivido.
Diagrama cardinal ( poesía ilustrada)
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Ella es mi norte, mi pasado,
un futuro incierto,
sus manos el oeste y el este,
el deseo
de un abrazo continente.
El sur, un barrio, una anhelo
de veredas, tilos y sueños,
mi sonrisa del recuerdo,
una amiga perdida,
humor de una desdicha.
El camino de los espíritus
de los recuerdos,
un amor intangible,
el destino sin encuentros ni
argumentos.
Ruben Mangiagli
©2017
Premoniciones.
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La luna se tara, el café no produce borra, los pájaros premonitorios se esconden en los nidos, las bolas de cristal tienen estática y las lechuzas prefieren mirar para otro lado.
Los amantes buscan en vano señales sobre el futuro, pero los naipes de la tarotista se van al mazo y los artilugios del vidente se descomponen.
Ella se pregunta: ¿me engañará algún día? Nadie le responde.
Él quiere saber: ¿estaremos juntos alguna vez? El porvenir no contesta.
El amor viaja en una frecuencia distinta a la del presagio, el deseo es un ahora. Un ahora o nunca.
Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, quedan anclados del presente.
Viven juntos pero no.
Tienen los hijos que tuvieron con otros.
Una tarde uno, la tarotista se cansa del amor y recupera las facultades.
Lo primero que ve en las cartas es al otro, en un naipe nuevo llorando mañana.
La asesina suicida.
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Vida.
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Por ahí a lo mejor a la vida sólo hay que acariciarla y decirle que está preciosa para que se deje follar si estoy en Valencia o coger si ando por Buenos Aires y pare de joderme.
Piezas.
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Todo había sido un problema de conexiones fallidas, de mala sincronización, de andar a ciegas. Siempre perdiendo la ocasión de encontrarnos por muy poco, siempre a unos centímetros de descubrirlo todo. A eso es a lo que se reduce nuestra historia, creo. A una serie de oportunidades perdidas. Teníamos todas las piezas desde el principio, pero ninguno supo encajarla.
Encogidos.
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MI reloj marcaba las siete y media y las agujas y yo nos encogimos al pensar en el tiempo que habíamos perdidos. Me levanté y eché a correr a medio galope en dirección a mi negocio, asombrado de haber recuperado mis fuerzas por haber estado escribiendo hasta tarde, pero maldiciéndose por las horas que había desperdiciado en ello. A veces no tengo consuelo. Haga lo que haga ahora, me parece que siempre llegaré demasiado tarde a todas partes. Podré correr cien años y seguiré llegando justo cuando las puertas se cierran, como tu corazón y tus manos para abrazarme.
Dependencia.
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Dependo de los silencios
y su complicidad,
esos no hacen daño
solo callar,
de los anónimos que me
leen por casualidad,
como un encuentro
secreto que no se espera,
de la distancia que no se
puede acortar,
aunque lo intente y a veces
todo se parezca a un puerto
no voy a llegar,
de las heridas que son lo
que serán cicatrices,
de ese mapa de recuerdos
no quiero olvidar,
también dependo de la
suerte, la fortuna y el azar,
de lo que con todas mis
fuerzas pueda lograr,
de mis manos que se hacen
letras,
de mis palabras que pueden
cumplir una promesa
y de la esperanza certera
que un día cualquiera
nos volveremos a encontrar.
Ruben Mangiagli
©2017












