Nunca debí escuchar a mis fantasmas,
mis deseos,
al fracaso de mis sueños
que enquistaron en mis manos y
alojaron en mi pecho
la absurda
pasión por las palabras escritas en las
hojas mismas del viento.
Nunca debí salvarte una y mil veces,
descolgar sogas
que nunca llegaron
a tu suelo.
El suicidio acordado es solo un invento
porque uno
siempre muere primero
y el otro
tiene un minuto
para esa única lagrima de duelo que
sin caer se hace verso.
Ruben Mangiagli
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Injusto.
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