No hay manera,
no puedo encontrarte,
no tengo idea de cómo buscarte,
si empezar por tu adiós e intentar
caminar para atrás,
o por la primera noche y decirte
de nuevo hola, cómo estas?
Pero hay tantas paginas
por el medio que no supimos
acabar,
que nada puedo inventar,
no es verdad que las almas se
vuelven a encontrar,
que los besos no se dieron son
los más difíciles de
olvidar,
y también es mentira cuando
me miro al espejo y me
repito,
mil y una vez que no te quiero
y estoy cansado de
esperar,
la verdad es que te sigo queriendo
cómo nunca quise jamás,
no sé como encontrarte y esa
es la puta verdad.
Ruben Mangiagli
©2017
La mentira en la verdad.
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En las paginas de un libro.
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Puede que las violetas hayan
quedado en un libro,
quizá una entera o un pétalo
solitario como el olvido,
encerrado entre letras,
en paginas
que yo no he escrito,
fueron un instante tangible de
presencia de un amor,
una prueba de que existo,
puede que solo hayan quedado
en mi recuerdo,
como una noche de junio que
quedó marcada a fuego,
pero las llamas se apagaran en
un reflejo de espejos
viejos, que no están rotos pero
ya no los veo.
Ruben Mangiagli
©2017
208.
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Cada luna es distinta. Cada luna tiene su propia historia. Dichosos quienes pueden olvidar su mejor luna.
Mientras fumo.
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Nadie se queda mirándome más de unos segundos.
Puede que sea eso lo que nos pasa, nos falta tiempo para mirarnos. Hay demasiadas cosas inexplicables a nuestro alrededor: horrores, amenazas, misterios que atraen, y que luego inevitablemente desencantan. Y se regresa a lo previsible y a lo rutinario. El príncipe nunca va a llegar, todo el mundo lo sabe, y , además, quizá la Bella Durmiente esté muerta.
Una vez más.
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Deja que tu corazón llore,
que tus ojos sangren lagrimas,
y tus manos se aprieten entre en si,
hasta que tus pasos pisen tus pies y te canses
de respirar al revés,
que la herida sea dolor
y la cicatriz cure el rencor,
porque un corazón partido, puede latir para
dos, aunque no puedas olvidar,
vale la pena volver a empezar.
Ruben Mangiagli
©2017
Lo que no te dije después que nos despedimos.
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Yo te deseo la locura, el valor, los anhelos, la impaciencia.
Te deseo la fortuna de los amores y el delirio de la soledad.
Te deseo el buen gusto por las visiones de los cometas, los cuentos de gatos, los poemas de girasoles, y por los hombres que se crucen en tu camino.
Te deseo que tu inteligencia y tu ingenio lleguen al infinito.
Te deseo una mirada curiosa, unas manos con memoria, una boca que sonría y maldiga con precisión divina, unas piernas que no envejezcan, un llanto que te devuelva la entereza.
Te deseo el sentido del tiempo que tienen las estrellas, el temple de los que esperan, la duda de los templos que escuchan las oraciones de los que todo han perdido.
Te deseo la fe de los buenos augurios en la voz de tus muertos, en la recurrencia de los sueños, en los libros que no hemos escrito, en las miradas de tus hijos, en los horóscopos, incluido el chino.
Te deseo la paz de las mujeres que olvidan su destino, que la buscan en la fuerza de los recuerdos y en el futuro como la promesa donde cabe todo lo que aún no te ha sucedido.
Y mi último deseo, es casi un pedido, por favor, que no olvides que he pasado por tu vida, de cuanto te he querido.
Latidos.
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Tengo el licor, las copas,
tu olvido
y los recuerdos,
todo mi amor encerrado
en un bar abierto,
y un corazón
apretado, perdido,
casi muerto,
pero que aun late
por los dos
entre todas mis palabras
que se han ido
contigo.
Ruben Mangiagli
©2017
Ese.
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No puedo callar al poeta mal hablado,
ese del licor y el tabaco,
al que no supo quererte pero siempre
intentó aprenderte,
ese te extraña cuando llueve por la
mañana
y si no llueve también.
El que se pierde entre los espacios de
las palabras que se le escapan
cuando se las dice a otra porque no te
tiene y sos ausencia y todo
lo demás,
ese que es tuyo aunque no lo quieras,
y te espera hasta el mismo
abismo de la locura
del tiempo que se va y no espera.
El mismo que muere por un beso tuyo,
solo uno,
para escribir el ultimo poema de amor
sobre tus labios,
sin letras, sin adverbios, solo con la
boca muda de abecedarios.
Ruben Mangiagli
©2017
La puerta
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A veces ignoramos que al otro lado de una puerta, sólo a unos cuantos pasos de la sala de estar, hay un mundo distinto que nos parece ajeno. Un mundo poblado por seres diferentes, que se buscan los unos a los otros, que se emparejaban, que se agrupaban, que comparten la felicidad y la desdicha, las decepciones, los anhelos, las frustraciones, las expectativas cumplidas o no.
La vida.
A veces todo es tan simple como abrir una puerta para atrevernos a sentir estamos vivos.
Nunca desistas de un sueño.
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Busca la fuerza para realizarlo,
por más todo te diga que no,
el mundo esté en tu contra,
Siempre es más fácil rendirse,
olvidar,
descansar y abandonar.
Si deseas algo, si amas a alguien,
si sigues buscando algo,
sigue, sigue y sigue
Sólo trata de ver las señales que te lleven a él.
La soledad.
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Existen personas que nacen aparentemente sanas pero que han sido marcadas con una enfermedad incurable que en una etapa de su vida desarrollarán.
Y hagan lo que hagan, la padecerán de forma inexorable.
La mayoría de nosotros sufriremos enfermedades en algún momento , aunque de un modo leve, como un catarro del que nos recuperamos en unos días.
La diferencia es que en el caso de algunos hay una enfermedad, que desde el momento en que se manifiesta, durará el resto de nuestras vida, que aunque pocos puedan verla , no tiene cura alguna:
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La soledad.
Recuerdos.
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Los recuerdos son muertos a los que nos encadenamos con la esperanza de que no nos abandonen nunca, porque en el fondo deseamos creer que nos harán compañía. Y tenemos tanto miedo al olvido que no nos damos cuenta de que, vayamos donde vayamos, deberemos cargar con ellos porque ya no tienen vida. Sé que es jodido de aceptar, pero hay duelos de memorias duraran toda la vida.
203.
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No dejes que caiga en el olvido que, por un momento fugaz, hubo un reino resplandeciente llamado Camelot.
En mí.
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Tengo este rayo de luz en mi estomago, agrio, seco, que ilumina este vacío en mí . Puedo ver paredes, muros, murallas que me cortan la respiración. Retumba un te quiero que no puedes oír. Sacude mis huesos hasta tener la sensación se quiebran, pero sigo extrañamente de pie, un latido al revés, una palabra atragantada que no escupe dolor se queda en mi boca. Se parece a tu nombre que casi no recuerdo de tanto pronunciarlo, y no llueve ni hay sol, solo siento esa luz y no tengo idea de cómo puedo estar tan perdido en mi interior.





















